domingo, 16 de julio de 2017

Pedir ayuda



No me creo Wonder Woman, pero nunca me ha gustado tener que pedir ayuda. Si puedo hacer algo por mí misma, lo hago y punto. No me gusta depender de los demás, ni en exceso ni de ninguna manera.

Este ¿defecto? ¿cualidad? ¿característica de mi personalidad? (no logro decidirme) me ha reportado grandes alegrías a lo largo de mi vida. Por ejemplo, he sido capaz de lidiar con un banco o con las eléctricas francesas sin que me tomaran el pelo o de sacarme una segunda carrera sin dejar de trabajar y usando todo tipo de transportes públicos (no tengo coche y el carné de conducir lo único que hace es acumular polvo en la cartera) para ir a examinarme a un pueblo a una hora de donde vivo.  Y sé que estas pequeñas victorias me saben mejor porque yo, y solo yo, soy la responsable de conquistarlas.

Pero esta cabezonería ¿aragonesa? ¿feminista? (tampoco me decido) me ha ocasionado también bastantes daños y perjuicios. Del último de ellos, sin ir más lejos, aún sufro las desagradables consecuencias.

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